lunes, 15 de octubre de 2018

El Fenómeno climático EL NIÑO...Estamos Preparados? Publicado en el 2008



Indudablemente, el fenómeno  climático  conocido como El Niño(FEN), no es nuevo (exploradores españoles informaron  sobre  este fenómeno  en 1525-1526), pero  después de ser  una causa relativamente silenciosa de destrucción durante  cientos de  años, cobró fama repentinamente en los últimos meses  de 1997   y especialmente  en el primer trimestre  de 1998, era difícil encontrar  una red  de  noticias en los  que no presentase  un  informe sobre  El Niño  un artículo de fondo cinco o seis  veces por semana “El Niño”  se convirtió en un   término común  en gran parte de Occidente.


Aunque  suena engañosamente  sin importancia  El fenómeno El Niño  comprende  la aparición  de agua  marítima  superficial  excepcionalmente  caliente en las regiones  central   y oriental  del océano  Pacífico , cerca de   la  línea ecuatorial. El fenómeno  ocurre cada cinco años , aproximadamente,  casi moderado (agua  marítima  superficial 2 a 3  grados centígrados  por encima de lo normal) y  con efectos  locales  solamente. No obstante, un  evento extremo  en el Perú modifica las características  meteorológicas  a nivel mundial y genera “anomalías ” (tormentas, inundaciones, sequías) no solo en América (incluidos  los países  andinos, Brasil, Paraguay y Argentina) sino también,  mediante “teleconexiones” atmosféricas , en África, Asia  e incluso Australia (ver Glantz, 1996, para un tratamiento completo del tema).




TRES OBSERVACIONES  SOBRE EL EPISODIO  DE 1997 – 1998


Tres aspectos  del fenómeno Climático de El Niño (FEN)  más reciente son particularmente  dignos de mención.


En primer lugar,  perdido  en medio del bombardeo  de los medios  de comunicación generado por  el FEN  de 1997–1998, se encuentra el hecho de que   el evento  de 1982 – 1983  fue considerado “el FEN del siglo”. Las pérdidas  acumuladas se calcularon en $ 13.000 millones. Sin embargo, la magnitud, el alcance  y la duración  del impacto del FEN  de 1997 – 1998 son por lo menos de la misma magnitud que las de  1982–1983. Por lo tanto, hemos  visto dos “FEN del Siglo “ en el lapso de 15 años, lo cual  nos hace  dudar, especialmente si la comunidad científica puede establecer una conexión de los FEN  con el recalentamiento  del planeta  y el cambio  climático. Sin embargo, podemos  decir al menos  que los episodios del FEN constituyen  un riesgo de recurrencia permanente.


En segundo  lugar,  debido al amplio alcance  de las consecuencias  de los FEN,  esencialmente a nivel  sectorial, la mitigación de un FEN requiere  un enfoque  integral  y sumamente coordinado que incluya dependencias gubernamentales múltiples, el sector privado y organizaciones  nacionales  e internacionales tanto intergubernamentales como no gubernamentales. Es decir, la  gestión de los FEN requiere el mismo  enfoque  (idealmente) que la gestión de desarrollo en general. Aunque  el crecimiento y la prosperidad a nivel económico pueden mitigar  el impacto  del los FEN, o al menos  facilitar la  recuperación  a nivel  global, solo  un enfoque  altamente  coordinado  de los sectores  internacional, gubernamental y de la sociedad  civil  proporcionara protección  a los sectores  más pobre  y vulnerables  de la población.


En tercer lugar, y lo que es más importante (debido a su carácter recurrente, si bien impredecible, y al cada vez mayor tiempo de advertencia que resulta del uso de las nuevas tecnologías), los episodios del FEN son excelentes candidatos para la mitigación. sistemática.


Después de todo, en comparación con los principales terremotos, que a menudo presentan intervalos de recurrencia medidos en cientos de años, los episodios principales del FEN se repiten cada diez años aproximadamente. Si bien esto todavía excede la esperanza de vida de la mayoría de los gobiernos, un adulto tipo podría observar tres o cuatro FEN de envergadura durante su vida y probablemente experimentar al menos algunos de sus efectos. Por consiguiente, es conveniente reiterar que el tiempo transcurre de dos maneras posibles: "durante un FEN" o "entre dos FEN."




EL EPISODIO  DE 1982 – 1983:

¿HUBO  APRENDIZAJE EN EL INTERVALO  ENTRE  DOS  FEN?


Sería  tranquilizado  afirmar  que se  extrajeron enseñanzas importantes, a partir del FEN de 1982 – 1983, sobre medidas a tomar y programas a implementar. Lamentablemente,  no fue  así. Con escasas  excepciones, y principalmente a nivel local, la infraestructura y los bienes económicos perdidos en el FEN de 1982-1983 sencillamente se repararon o se reemplazaron in situ, sin considerar seriamente la mitigación de futuros FEN.


El desarrollo y la capacidad  institucional para abordar el tema de los desastres tampoco demostraron aprendizaje serio a partir del FEN de 1982-1983. Las organizaciones y los sistemas de defensa civil se fortalecieron mínimamente y no recibieron ningún tipo de instrucción para la mitigación. En otras palabras, carecían de recursos y continuaron siendo sistemas de respuesta de bajo perfil con capacidad prácticamente nula para la coordinación previa al episodio o para ejercer alguna influencia en la adopción de medidas.


La mayor enseñanza del FEN de 1982-1983 se manifestó en las comunidades científicas. Sin embargo, las observaciones sobre el terreno durante el FEN de 1997-1998 revelaron una situación algo diferente, donde la falta de canales institucionales permanentes (y desacuerdos científicos a principios de 1997) retrasó el flujo de información lo cual puede explicar uno de los problemas más destacados del FEN de 1997-1998  fue una lectura gubernamental incorrecta de la experiencia previa.


Desde mediados hasta fines de 1997, se participó en una variedad de actividades para la mitigación física (por ejemplo, limpieza de canales, reparación de diques). Lamentablemente, supusieron que el FEN de 1997-1998 que se estaba formando sería una repetición del episodio de 1982-1983, cuando en realidad resultó ser bastante similar al episodio de 1925- 1926. Como consecuencia, gran parte de la actividad de mitigación se llevó a cabo en el lugar incorrecto.


La enseñanza más importante, como señalamos anteriormente, es que mientras los FEN son fenómenos de alcance regional a mundial, son sus efectos locales específicos los que son tan problemáticos, y estos efectos locales 1) varían extraordinariamente de FEN a FEN, 2} son difíciles de predecir excepto en el muy corto plazo (de horas a uno o dos días)y 3) constituyen los verdaderos desastres / catástrofes asociados con episodios FEN.


Por consiguiente, la mitigación de los FEN debe realizarse a largo plazo, debe ser de alcance regional y nacional y estar informada por la comunidad científica acerca de datos históricos. Para expresarlo claramente, las regiones que experimentan regularmente efectos significativos de los FEN siempre deben estar preparándose sistemáticamente (mitigación y preparativos) para el siguiente episodio.


¿ESTAREMOS PREPARADOS INSTITUCIONALMENTE  PARA HACER FRENTE AL FENOMENO  CLIMATICO DE EL NIÑO  DE GRAN ENVERGADURA?


La lógica del umbral

A fin de responder a la pregunta de manera completa y justa, debemos recordar una tipología de episodios especialmente útil basándose en estudios anteriores de respuesta institucional a sucesos extremos, clasificando  tales sucesos de acuerdo con sus necesidades de respuesta según los siguientes esquemas:


En el esquema, de los accidentes estos son tratados típicamente por organizaciones ya establecidas de respuesta de las que normalmente se espera que participen en un suceso (por ejemplo, servicios de policía, de bomberos, paramédicos). En el esquema, de las emergencias requieren el agregado de capacidades institucionales latentes, por ejemplo la Cruz Roja, El Ejército o Defensa Civil. En el esquema de los desastres, en cambio, incluyen no solo la participación y las actividades de respuesta esperadas y las organizaciones latentes, sino también la asistencia de organismos y/o organizaciones de respuesta que "se extiendan" hasta el área del impacto, por ejemplo empresas de construcción privadas o empresas de servicios públicos que participan en actividades no habituales. En el esquema de los catástrofes son tan graves que se caracterizan por la aparición de organizaciones e incluso de movimientos  sociales enteramente nuevos.


Si bien esta tipología no encaja exactamente en el contexto nacional y / o regional, la lógica del umbral sí lo hace y ayuda a aclarar lo que sucedió con defensa civil durante el FEN de 1997-1998, lo que posiblemente suceda en episodios futuros, y también lo que se puede hacer para romper el patrón de funcionamiento.


La clave es una barrera de protección política entre las dos primeras y las dos últimas categorías de acontecimientos. Hay una cierta tautología en la explicación, pero dado que los intereses políticos que se incluyen en la respuesta a accidentes y emergencia son generalmente bajos, defensa civil se activará en casos de emergencia y permanecerá "a cargo." Sin embargo, si un acontecimiento supera el umbral de emergencia y se convierte en un desastre, los intereses políticos aumentan significativamente,   y el gobierno no puede permitir que la respuesta al suceso permanezca en manos de una organización con bajo perfil político o escasa experiencia.


Esa lógica se toma aún más pronunciada si el suceso resulta ser una verdadera catástrofe, con todas las repercusiones políticas que conlleva (especialmente la posible creación de grupos autónomos de ciudadanos u organizaciones de movimiento social).


Resulta interesante ver que la lógica del umbral aclara por qué el FEN de 1997-1998 fue calificado como desastre. Con la profundización de los efectos a fines de 1997 y principios de 1998, el FEN pasó de ser una serie de emergencias relativamente localizadas (y por lo tanto incluyendo a defensa civil) a ser un desastre que requería la atención de las autoridades a nivel nacional.



Entonces, ¿qué significan el análisis hecho hasta aquí y la adaptación de la lógica del umbral para el futuro de las organizaciones de defensa civil?


Una opción consiste en reconocer que las organizaciones de defensa civil son todavía las únicas organizaciones permanentes de respuesta a emergencias, y deben adoptarse iniciativas para fortalecerlas, aceptando el hecho de que en un desastre o catástrofe probablemente se margine una vez más a la defensa civil.


Sin embargo, la idea es mejorar las capacidades de defensa civil (de modo que menos episodios superen la barrera de protección).  Es decir, dado que los niveles del episodio y por consiguiente la barrera de protección están determinados por los requisitos de respuesta frente a las capacidades de respuesta, si defensa civil puede mejorar sus capacidades, habrá menos emergencias que se conviertan en desastres o, peor aún, en catástrofes.


La segunda opción comienza como la primera (fortalecimiento de defensa civil), pero agrega una visión enteramente nueva que requiere un cambio fundamental en la imagen de defensa civil. En estas condiciones, los líderes de defensa civil buscarían mejorar las capacidades de respuesta pero también comprender y aceptar que un desastre o una catástrofe se politiza rápidamente.


Sin embargo, anticipan explícitamente y planifican para actuar, de modo que ese cambio sea central a nuevas estructuras u organizaciones (y de ese modo evitar que se los margine). Bajo esta opción, a medida que un episodio se aproxima a la barrera de emergencia-desastre, es la defensa civil misma la que enuncia algo como: "Sr. Presidente, Sr. Gobernador, la situación escapa a nuestras capacidades y requiere respuesta y atención en el ámbito regional y nacional.


Indudablemente, es muy difícil que esta opción garantice el éxito, pero al menos convierte a defensa civil en un participante activo en lugar de una víctima pasiva cuando un episodio supera la barrera política. Dado que defensa civil en realidad planea una expansión rápida y global para ayudar a todo el gobierno a hacer frente a un desastre o catástrofe.


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lunes, 1 de octubre de 2018

Día Internacional para la Reducción de Desastres 2018. Reducir las pérdidas económicas en los desastres






¿Por qué un Día sobre la reducción de los desastres


La Asamblea General de la ONU decidió designar el 13 de octubre como Día Internacional para la Reducción de los Desastres con el propósito de concienciar a los gobiernos y a la opinión pública para que tomen medidas encaminadas a minimizar los riesgos. Asimismo, los desastres, muchos de los cuales se han agravado con el cambio climático, generan un impacto negativo en el desarrollo sostenible y en los resultados deseados.


Como los efectos de los desastres son más devastadores en el ámbito local, los gobiernos municipales y regionales son los que deben trabajar urgentemente en la preparación y respuesta a las catástrofes. El enfoque del Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres se centra en proteger la vida de las personas y en las acciones que se deben tomar. Es pertinente tanto para los riesgos a pequeña como a gran escala, y tanto para los ocasionados por el ser humano como los producidos por las amenazas naturales. Abarca, además, los riesgos ambientales, tecnológicos y biológicos afines.


Si bien no todas las amenazas naturales generan consecuencias devastadoras, una combinación de factores naturales, culturales, sociales y políticos contribuyen a que se originen desastres


Este año, 2018, la celebración del Día Internacional para la Reducción de Desastres se centra en la Meta C del Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desatres: Reducir las pérdidas económicas causadas directamente por los desastres en relación con el producto interno bruto (PIB) mundial para 2030. Así mismo busca transmitir el mensaje de que los desastres tienen un costo humano y la reducción de las pérdidas económicas que estos ocasionan puede transformar vidas.


Los desastres son inevitables, pero los daños que estos causan pueden minimizarse; en cambio, la vulnerabilidad social, económica y ambiental pueden exacerbarlos. En cualquier caso, nadie está a a salvo de ser víctima de una catástrofe. Por lo tanto, la reducción del riesgo de desastres concierne a todo el mundo, desde los campesinos hasta los jefes de estado, desde los banqueros hasta los abogados, desde los meteorólogos hasta los jefes de medios de comunicación.


Desde hace ya 25 años que se ha designado este día por la Asamblea General, este se ha transformado en una actividad mundial de gran importancia para aumentar el grado de sensibilización en torno a este tema, y se ha celebrado de diversas formas para alentar esfuerzos dirigidos a establecer comunidades y naciones más resilientes frente a los desastres.


El Marco de Sendai tiene siete metas estratégicas y 38 indicadores para medir los avances logrados hacia la reducción de las pérdidas ocasionadas por los desastres. Estos indicadores alinean la aplicación del Marco de Sendai con la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático.



Con base en el aspecto principal del Día Internacional en torno al impacto que generan los desastres en las vidas y el bienestar de las personas, el tema de este año busca transmitir el mensaje de que los desastres tienen un costo humano y la reducción de las pérdidas económicas que estos ocasionan puede transformar vidas. Esto se realizará después de experimentar un año en el que las amenazas naturales han contribuido a registrar un récord de pérdidas económicas en todo el mundo, cuyo monto se ha calculado en $350 mil millones, tanto en pérdidas aseguradas como no aseguradas. 


Esto ha generado un severo impacto en diversos sectores de la economía de los países afectados, al igual que en la disponibilidad de fondos públicos para gastos sociales en áreas como educación y salud, las cuales son vitales para la consecución del desarrollo sostenible, en especial de los ODS. El Banco Mundial calcula que anualmente los desastres generan costos en la economía mundial por un valor de $520 mil millones de dólares estadounidenses y obligan a 26 millones de personas a sumirse en la pobreza.


Reducir las pérdidas económicas en los desastres


La campaña de 2018 que lleva a cabo la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNISDR) forma parte de la campaña de Sendai 7, que se centra en las siete metas mundiales de Marco de Sendai.


Dicho marco se aplicará al riesgo de desastres de pequeña y gran escala, frecuentes y poco frecuentes, súbitos y de evolución lenta, natural o causada por el hombre, así como a las amenazas y los riesgos ambientales, tecnológicos y biológicos conexos. Tiene por objeto orientar la gestión del riesgo de desastres en relación con amenazas múltiples en el desarrollo a todos los niveles, así como en todos los sectores y entre un sector y otro.


Este año se centra en la meta mundial C del Marco: Reducir las pérdidas económicas causadas directamente por los desastres en relación con el producto interno bruto (PIB) mundial para 2030. Asimismo, busca transmitir el mensaje de que los desastres tienen un costo humano y la reducción de las pérdidas económicas que estos ocasionan puede transformar vidas. En 2016 UNISDR lanzó la campaña Sendai 7, que se centraba en las siete metas del Marco Sendai, la primera de las cuales es reducir la mortalidad mundial causada por desastres. La campaña quería concienciar sobre las medidas para reducir la mortalidad en el mundo. El pasado año se centró en la prevención, protección y en la reducción del número de personas afectadas por los desastres.


La campaña Sendai 7 es una buena oportunidad para todos, gobiernos centrales, autoridades locales, grupos comunitarios, organizaciones de la sociedad civil, sector privado, organizaciones internacionales y el sistema de las Naciones Unidas, para promover las mejores prácticas posibles en todos los sectores, en los planos local, nacional, regional y mundial, a la hora de reducir el riesgo de desastres y las pérdidas por desastres.


Puedes seguir la campaña en las redes con las etiquetas #DIRD2018


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miércoles, 26 de septiembre de 2018

¿Qué HAGO después de un desastre?




Fíjese si alguien está herido. Si son heridas menores, trátelas con primeros auxilios. Busque ayuda médica para las heridas más graves. Brinde toda su cooperación a las autoridades locales, grupos de Rescate, Bomberos, Cruz Roja etc.

Si es posible, ayude a encontrar refugio, alimento, ropa, transporte y ayuda médica para las víctimas. Obedezca los reglamentos de salud implementados para protegerle a usted y a su comunidad contra enfermedades y epidemias. Siga las normas de seguridad y preparación de alimentos y agua.

A menos de que sea una emergencia, no use el teléfono, pues solamente logrará obstruir las líneas telefónicas. Las líneas telefónicas no están equipadas para manejar el inmenso volumen de llamadas después de un desastre. Use el teléfono solamente para emergencias. Escuche una emisora local para obtener la información más reciente sobre el desastre.

Notifique a sus familiares que está en un lugar seguro. Las autoridades locales pueden perder tiempo en su búsqueda si usted no les avisa que está bien. Puede ser más fácil hacer una llamada telefónica fuera del área del desastre. Si es posible, tenga un contacto fuera del estado alguien que pueda llamar a sus familiares y amigos en otras partes del país. Esto ayuda a que las líneas telefónicas en el área afectada no se inunden de llamadas.




Tu empresa puede ayudar después de un DESASTRE
Antes de que desperdicies recursos sin un objetivo definido, aquí hay 8 maneras en las que puedes optimizar la ayuda que proporcionas:


01/ Donaciones en efectivo.

El dinero captado se destina a la atención de la emergencia, así como en la reconstrucción de hogares, escuelas y centros de salud. La alternativa más directa es donar dinero en la Cruz Roja. Al donar a la Cruz Roja (y otras instituciones autorizadas).

Existen otras asociaciones civiles y no gubernamentales, que están en sitio y listas para trabajar, tal es el caso de OXFAM UNICEF, etc. También consulta con hospitales, iglesias y albergues de animales para ver si puedes ayudarlos directamente.


02/ Da tiempo libre para ayudar.

¿Tu negocio está bien y cerca de la zona de desastre? Tienes que facilitarle a tus colaboradores días extras para que apoyen en las tareas de rescate y reconstrucción, ya sea como voluntari@s, compartiendo información, dando albergue, etc. Se necesitan muchas manos para limpiar después de un terremoto, huracán o una inundación masiva.


03/ Sigue pagando sueldos a emplead@s afectad@s.

Cuando las oficinas y/o emplead@s resultan afectad@s por los desastres naturales, las personas no pueden trabajar, ni los negocios funcionan. Sin productividad resulta difícil –mas no imposible- pagar sueldos, pero debes hacer todo lo posible para lograrlo. ¿No es económicamente factible? Considera pedirles a las personas en otras sedes que sean solidari@s y donen un poco de dinero a sus compañer@s de trabajo. Nunca se sabe quién podría necesitar ese apoyo en un futuro.





04/ Donaciones en especie (pero del tipo correcto).

Antes de empezar a recolectar cosas redundantes, comprueba qué se requiere exactamente y dónde se precisan con urgencia. A menudo, las donaciones no deseadas saturan los centros de acopio y terminan en la basura. Es mejor investigar si necesitan medicamentos intravenosos, escaleras, lámparas, pilas, impermeables, sierras eléctricas, suministros de higiene, pañales, fórmula, etc.

Donar víveres y ropa suena muy bonito, sin embargo, siempre será mejor recaudar fondos y enviar el dinero a organizaciones no gubernamentales especializadas en desastres.


05/ Organiza una campaña de donación de sangre.

Independientemente de que vivas o no en una zona impactada por algún desastre natural, la sangre siempre se necesita; impulsa la cultura de la donación de sangre entre tus colaboradores.


06/ Ofrece conexión Wi-Fi o carga de dispositivos de forma gratuita.

Si, efectivamente, estás en una zona afectada, y tu negocio está bien, abre tu red Wi-Fi y permite que quienes ayudan en las labores de rescate carguen sus dispositivos. Somos una sociedad dependiente del Internet, y tener la capacidad de cargar el smartphone, no es poca cosa.


07/ Infórmate sobre daños emocionales y cómo tratarlos.

Tan importante como la salud del cuerpo es la salud mental. Si tus colaboradores o sus familiares, se sienten muy afectados por la experiencia, contáctal@s con personas dispuestas a dar atención psicológica y contención emocional.

El apoyo debe ser continuo y a largo plazo. De esta manera, estarás ayudando a construir una sociedad más resiliente ante los desastres. A través de un seguimiento oportuno, tendrán mayor capacidad de aguante, de resistir, de sobreponerse. Infórmate, hay cientos de organizaciones que pueden orientar a tu empresa.


08/ La cultura de prevención y alivio de desastres debe formar parte de la misión de tu organización.

No podemos evitar los embates cada vez mayores de la fuerza de la naturaleza. La alerta nunca se desvanece pues siempre habrá un próximo huayco, un volcán con repunte de actividad, o un terremoto latente. Lo que sí podemos hacer es tener infraestructura construida capaz de aguantar más, así como aumentar la capacidad de respuesta ante una situación de desastre. Así que en lugar de solo tomar medidas de reparación después de la calamidad, es indispensable implementar políticas de prevención a largo plazo y planes de contingencia integrales. Sé proactiv@.



Si ya estás apoyando, ¡gracias! La ayuda nunca sobra y siempre es meritoria. No obstante, hay que repensar cómo distribuirla adecuadamente y cuándo es mejor hacerlo. Las grandes compañías deben invertir esfuerzos más allá de la emergencia y la euforia, puesto que estos deberán ser continuos y duraderos. Porque esta desafortunada situación durará meses y es necesario un compromiso serio con la reconstrucción de las zonas afectadas.


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lunes, 24 de septiembre de 2018

ESPAÑA: Desastres y Salud Pública: Un abordaje desde el marco teórico de la epidemiología




Durante la década 1990-2000 los desastres (catástrofes) causaron cada año una media de 75.000 muertes, afectaron a una media anual de 256 millones de personas y causaron pérdidas económicas por valor de más de 650.000 millones de euros. La magnitud del problema, su impacto sobre la salud pública y sobre el nivel de desarrollo de las poblaciones afectadas es de tal importancia que se justifica un particular interés desde el punto de vista de la salud pública, especialmente con la aparición de las denominadas emergencias complejas.


INTRODUCCIÓN

Durante la década 1990-2000 los desastres (catástrofes) causaron cada año un promedio de 75.000 muertes, afectaron a una media anual de 256 millones de personas y causaron pérdidas económicas por valor de más de 650.000 millones de euros1,2. Actualmente la magnitud del problema, su impacto sobre la salud pública y sobre el nivel de desarrollo de las poblaciones afectadas es de tal importancia que la 44.ª Asamblea General de las Naciones Unidas propuso designar la década 1990-1999 como Década Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales (DIRDN), con el objetivo de aunar los esfuerzos de la comunidad internacional en la tarea de reducir las consecuencias de este tipo de fenómenos de magnitud creciente. El objetivo de este trabajo es revisar algunas de las características teóricas básicas de la epidemiología de los desastres, poniendo especial énfasis en sus factores de riesgo, sus efectos sobre la salud pública y las principales estrategias preventivas.


La epidemiología de desastres nació a partir de la operación internacional de ayuda masiva montada con ocasión de la guerra civil de Nigeria a finales de los años sesenta3, cuando los epidemiólogos del Centro de Control de Enfermedades (CDC) de Atlanta desarrollaron técnicas para la valoración rápida del estado nutricional y para identificar las poblaciones objeto de necesidades específicas en contextos de desastre4. Desde entonces, diferentes técnicas se han puesto a punto y se han vuelto rutinarias en los programas de ayuda realizados en zonas de crisis, como el Sahel, Etiopía, Bangladesh, Uganda, Zaire, etcétera.


A partir de los años sesenta hubo diferentes intentos de encontrar una definición del término desastre que fuese útil a efectos de investigación5. Más recientemente, el Comité de Expertos6 encargado de preparar la citada década ha propuesto una definición empírica para los desastres como disrupciones (rupturas) del sistema ecológico humano que exceden la capacidad de respuesta de la comunidad afectada para abordar los efectos y funcionar con normalidad. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud, desde una perspectiva más sanitaria, ha definido las catástrofes como situaciones imprevistas que representan serias e inmediatas amenazas para la salud pública7. Ahora sabemos que la mayoría de los desastres pueden preverse y/o prevenirse y que su impacto sobre la salud pública no siempre es inmediato, sino que los efectos a medio y largo plazo son, muchas veces, mayores que los producidos durante la fase aguda.


Esto ocurre especialmente en las actualmente llamadas emergencias complejas8.
Independientemente de la definición utilizada, el hecho definitorio de un desastre es que excede la capacidad de adaptación habitual de la comunidad afectada, en términos de respuesta para absorber el efecto producido usando sus propios medios. Por ello, lo que podría constituir un desastre para una comunidad puede no serlo necesariamente para otra de contexto y recursos diferentes.


Son conceptos relacionados con el de desastre el de accidente mayor o incidente con múltiples víctimas9, que implica la idea de movilización de recursos extraordinarios, aunque no se desborde la capacidad de respuesta de la comunidad, y el de emergencia compleja, que es un desastre multicausal, con afectación multisectorial y de gran complejidad8.


Existe actualmente un cierto consenso en cuanto a una clasificación de los desastres que sea útil en la investigación y en la planificación. Esta clasificación10, basada en el origen y el tipo de desastre, contempla dos grandes grupos de orígenes: los desastres llamados «naturales» y los «causados por el hombre». La experiencia demuestra que a menudo ambos tipos están implicados desde el punto de vista de su origen (por ejemplo, los disturbios civiles masivos pueden haber sido desencadenados por una situación franca de hambre debida a condiciones climatológicas o ecológicas). Además, esta clasificación establece diferentes tipos específicos de desastre (terremotos, volcanes, huracanes, tornados, episodios de estrés térmico, inundaciones, hambrunas, episodios de contaminación, fuegos, etcétera).


Una subclasificación, también muy utilizada, tiene en cuenta el carácter cronológico del desastre y los clasifica como de «comienzo súbito» y de «desarrollo lento». Esta perspectiva, aunque simple, es de gran importancia dado que la capacidad de respuesta y la ayuda exterior son dos componentes que precisan de una dimensión temporal y cuyos efectos son bien conocidos.


Lógicamente, el perfil epidemiológico y el propio tipo de catástrofe varían según el contexto socioeconómico y cultural sobre el que se producen. Las catástrofes de los países en vías de desarrollo (PVD) tienen muy poco que ver en su aspecto y consecuencias con las de los países desarrollados. De hecho, si éstas ya representan un elevado costo para cualquier país afectado, su impacto es proporcionalmente mucho mayor en los PVD y en los que las pérdidas en el Producto Interior Bruto debidas a ellos son 20 veces superiores que en un país industrializado11.


El hecho de que los medios de comunicación de masas tiendan a presentar como desastres típicos aquellos de origen natural, especialmente en los países subdesarrollados, sin duda ha influido en la visión reduccionista que en occidente se tiene del problema como imprevisible e inevitable. Sin duda esta posición ha retrasado la puesta en marcha de una conciencia colectiva de prevención para este problema de salud pública.


El abordaje epidemiológico de un desastre requiere establecer previamente algunos conceptos básicos12, como son el de probabilidad o amenaza, definido como la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno (de origen natural o humano) durante un periodo de tiempo determinado y en un espacio definido (es decir, número de fenómenos ocurridos/tiempo de exposición a riesgo). También es importante el concepto de la vulnerabilidad que, en una primera acepción, es la condición que determina que si ocurre un fenómeno puedan aparecer consecuencias o daños. La vulnerabilidad se mide en términos de consecuencias potenciales (cantidad y cualidad de los efectos), por ejemplo, número de personas que previsiblemente pueden verse afectadas por un cierto nivel de daño (establecido previamente en el análisis de riesgo y que puede variar desde simples molestias hasta la muerte) o coste económico del daño potencial a las instalaciones.


En una segunda acepción, vulnerabilidad se entiende como la debilidad, incapacidad o dificultad para evitar, resistir, sobrevivir y recuperarse en caso de desastre. En este sentido, una comunidad frágil es vulnerable y menos capaz de absorber los efectos de un desastre, sea por fenómenos frecuentes de menor magnitud o por uno de gran magnitud o intensidad, o por la acumulación de fenómenos de intensidades variadas.


Un concepto también clave es el de riesgo, entendido como la probabilidad de sufrir pérdidas o la aparición de daños sociales, ambientales y económicos, en un lugar dado y durante un tiempo de exposición determinado. El riesgo es el resultado de una o varias amenazas (probabilidad de ocurrencia del fenómeno) y del grado de vulnerabilidad (cantidad/cualidad de efectos o consecuencias).




Epidemiología de los desastres

En los desastres hay, al menos, cinco aspectos epidemiológicos de interés que deben ser considerados: 1) Como fenómeno epidemiológico los desastres tienen una distribución mundial, aunque con muy diferentes perfiles de presentación y evolución. 2) Todos ellos tienen en común el hecho de exceder la capacidad de ajuste y respuesta de la comunidad sobre la que impactan. 3) Plantean importantes problemas de salud pública asociados a sus propios efectos. 4) Sus consecuencias sobre la salud son variables y es posible identificar los factores de riesgo que las originan y modulan13. Y 5) A efectos de investigación y planificación, pueden identificarse en el fenómeno catastrófico una serie de fases que más adelante se detallarán.


Los desastres son un fenómeno de distribución universal cuya incidencia, tanto en número de fenómenos ocurridos como en personas afectadas, ha venido aumentando a lo largo del tiempo1,2. Tal como muestra la figura 1, esta tendencia creciente referida a las últimas décadas es muy consistente incluso para diferentes tipos de desastre. Aunque el tipo de desastre prevalente varía según la zona, es claro que hay una relación entre el nivel de desarrollo socioeconómico de una comunidad y su perfil de desastre. Incluso para los desastres naturales, aparentemente menos susceptibles de influencia humana, se ha demostrado que el impacto varía completamente en función del tipo de organización social sobre la que ocurren. En términos de impacto económico, aunque el coste global de los desastres también ha venido creciendo a nivel mundial, existen diferencias importantes entre regiones, como muestra la figura 2, en la que se indica el promedio de euros por persona afectada según zonas geográficas.




Dado que lo característico de los desastres es exceder la capacidad de respuesta del sistema, esta capacidad puede ser investigada e implementada en términos de infraestructura, planes, equipos y personal. En este sentido, la epidemiología de desastres es un instrumento fundamental en su gestión en términos de prevención, mitigación del impacto y mejora del sistema de rescate y ayuda.



Factores de riesgo de desastre

Hoy sabemos que son factores de riesgo de desastre demostrados el subdesarrollo, el aumento de población (explosión demográfica), los fenómenos de urbanización inadecuada, el cambio climático, la degradación medioambiental y el uso inadecuado de tecnologías de alto riesgo. El subdesarrollo es, probablemente, el factor de riesgo número uno de desastres y los PVD sufren importantes limitaciones en todas las etapas relacionadas con el fenómeno catastrófico (prevención, preparación-mitigación, respuesta y recuperación-rehabilitación). La tabla 1 recoge en forma cuantitativa la relación entre el subdesarrollo y la mortalidad por desastres para el período 1970-1999. Dependiendo del indicador epidemiológico utilizado y expresado en términos de riesgo relativo, los países en vías de desarrollo tienen entre 3 y 48 veces más mortalidad por desastres que los desarrollados.


Los fenómenos de explosión demográfica son un importante factor de riesgo de desastre, fundamentalmente porque implican una disminución de los recursos existentes y conducen a otros factores de riesgo asociados, como la escasa planificación de servicios, asentamientos precarios, etcétera.


El cambio climático será, probablemente, uno de los factores de riesgo de desastres con mayor impacto en el futuro, tanto en PVD como en países desarrollados. Sus efectos sobre la frecuencia de episodios climáticos extremos, la ecología de los vectores de enfermedades transmisibles, la producción de alimentos, el nivel del mar y la disponibilidad de radiaciones ultravioletas sobre la superficie terrestre son ya detectables14. Además, el cambio climático está aumentando la frecuencia e intensidad de los desastres naturales y esta tendencia probablemente continuará, debido al calentamiento global, al aumento en el nivel del mar que repercute en un aumento de tormentas violentas, sequías, ciclones tropicales, inundaciones y otras perturbaciones climáticas, afectando de manera diferente a las distintas partes del mundo, pero especialmente al hemisferio sur. De hecho, en la década de los años 50 hubo en todo el mundo 14 catástrofes relacionadas con el clima mientras que en la década de 1990 la cifra ha aumentado a 7015.


Efectos de los desastres sobre la salud pública

Desde el punto de vista de los efectos sobre la salud pública13-18 en los desastres es posible identificar al menos cinco niveles de impacto: 1) La producción de un exceso de mortalidad, morbilidad y afectación de la población que excede lo habitual en la comunidad afectada. 2) La modificación del patrón de enfermedades transmisibles y de riesgos medioambientales tradicionales de esa comunidad. 3) El impacto sobre el sistema de servicios sanitarios, cuya capacidad de actuación es puesta a prueba en este tipo de circunstancias. 4) Los efectos sobre la salud mental y el comportamiento humano19 y 5) La afectación de las posibilidades de desarrollo del colectivo afectado a medio y largo plazo, incluyendo los aspectos de reconstrucción y rehabilitación.


La investigación en epidemiología de desastres nos ha permitido conocer con un grado razonable de detalle el perfil de riesgo de cada tipo específico de desastre. La tabla 3 muestra un resumen de la magnitud de cada uno de los principales efectos sobre la salud pública para algunos desastres específicos.




La mortalidad producida por desastres es muy variable y está en relación con el tipo de desastre y los factores del contexto en que este se produce (densidad de población del lugar del impacto, momento del tiempo, grado de preparación frente a estos fenómenos, etcétera). En algunas catástrofes (por ejemplo, terremotos), muchas muertes ocurren por las deficientes condiciones previas del hábitat, como el tipo de vivienda o de edificios públicos, las características de las vías de comunicación, etcétera La mortalidad puede mostrar una distribución bimodal con un pico en el momento del impacto o inmediatamente después (debido a los efectos letales del propio desastre) y un segundo pico de muertes tardías, muy influido por la capacidad de socorro y ayuda, de forma que la supervivencia es inversamente proporcional al tiempo que tarda la ayuda en prestarse.


Parte de esa mortalidad se debe a las secuelas psicológicas del desastre. La relación entre estrés emocional intenso y sus efectos sobre la salud se ha estudiado en varios terremotos de gran magnitud en ciudades importantes y, tanto en el terremoto de Atenas de 198120 como en el de los Angeles de 198421 se ha podido comprobar que, al margen de las muertes traumáticas directas por el desastre, hubo aumento de mortalidad por muerte súbita cardíaca y muerte de causa cardiológica en general, más frecuentes cuando había patología cardíaca aterosclerótica subyacente. En este sentido, el desastre actuaría como un disparador de la patología en sujetos predispuestos. Por otro lado, un año más tarde, el terremoto de Hanshin Awaji en Japón22 mostró que la composición de la población modifica los efectos de este tipo de desastres en el sentido de aumentar el riesgo relativo de muerte de causa cardíaca entre 1,5 y 2 cuando la población está envejecida. Además de la edad, en muchos desastres el riesgo de morir se ha mostrado asociado a condiciones como la situación de la persona en el momento del impacto, el que exista atrapamiento, el tiempo empleado en el rescate y la ayuda médica, la situación de la red de apoyo social, etcétera.


En términos de exceso de mortalidad, por ejemplo, el reciente huracán Mitch ha sido el peor desastre natural ocurrido en el hemisferio occidental en las últimas décadas23. Por sí sólo y en el transcurso de unos pocos días produjo 8.200 muertos, 9.300 desaparecidos, millones de viviendas destruidas y daños por valor estimado de más de 9,2 billones de euros. La tabla 2 recoge los mayores desastres de los últimos diez años en términos de mortalidad y, como se puede apreciar, por si solos produjeron más de 241.000 fallecimientos.


En relación a la morbilidad parece que, a excepción de los terremotos, la frecuencia de lesiones (respecto a la mortalidad) es relativamente baja entre los supervivientes. Así, en las inundaciones se han notificado incidencias de lesionados entre el 0,2 al 2% de los supervivientes, muchos de ellos con lesiones menores del tipo de las ulceraciones o heridas cutáneas24.


Se ha observado que, en algunos casos, la frecuencia de enfermedades y traumatismos en las zonas afectadas no muestra diferencias significativas con la correspondiente a las áreas que les rodean. Aunque este hallazgo no está suficientemente contrastado, parece sugerir la existencia de un fenómeno de selección natural de los mejor preparados. Se ha especulado con la posibilidad de que, en esas circunstancias, los niños, los ancianos, los enfermos, etcétera, tienen menores posibilidades de escapar al desastre y mueren; con ello desaparecen problemas de salud subyacentes y, a corte plazo, mejora el estado de salud del grupo afectado.


En el caso de los terremotos la correspondencia es diferente y se ha constatado una relación lineal entre el número de muertos y el de lesionados con una proporción esperada es de tres lesionados por cada muerto; de esta forma es posible usar este indicador, a pesar de sus limitaciones, como instrumento en la planificación y estimación de necesidades de servicios sanitarios25-27.


En relación con la edad se ha constatado que los grupos de personas de edades extremas (niños y ancianos) son grupos de riesgo especial. El CDC de Atlanta al revisar los datos de mortalidad por acción de los tornados que han afectado a Estados Unidos durante los últimos años, ha observado una fuerte asociación entre la mortalidad y las edades altas, con riesgos de afectación siete veces mayor que para los menores de 20 años y riesgo de morir con una Razón de Disparidad de 2,5 (intervalo de Confianza del 95% de 0,5 a 10,9). Cuando las catástrofes afectan a zonas edificadas, los niños suelen ser un grupo de alto riesgo, especialmente en zonas subdesarrolladas en las que la mala calidad de los edificios destinados a escuelas (como la de los edificios públicos en general) los convierten en auténticas trampas.


A pesar de que la aparición de procesos infecciosos tras un desastre es una de las ideas más arraigadas, no sólo entre la población y trabajadores de los medios de comunicación, sino también entre el personal sanitario, lo cierto es que la aparición de brotes de enfermedades transmisibles es un fenómeno que sólo aparece en algunos tipos muy específicos de desastres (por ejemplo, en inundaciones que modifiquen los ecosistemas de determinados vectores como los mosquitos aedes o anopheles)28. En general, cuando se dan estos brotes se debe a la ruptura de los sistemas de abastecimiento de agua o saneamiento tras el desastre, o bien a las deficientes condiciones higiénico sanitarias (por ejemplo porque el desastre ha producido desplazamientos poblacionales o hacinamiento)29.



El ciclo del desastre

Entender el ciclo de un desastre es la clave para la investigación epidemiológica de sus factores de riesgo, los efectos que produce y su prevención. En este sentido, el abordaje clásico identifica en un desastre cinco fases:

  • Interdesastre, que tiene que ver con varios procesos entre los que destacan la elaboración del mapa de riesgos para la comunidad, el inventario y localización de los recursos, la planificación de las medidas apropiadas, comúnmente denominadas Planes de Emergencia, y con la educación y entrenamiento adecuado de los diferentes estamentos que intervienen.

  • Preimpacto, caracterizado fundamentalmente por actuaciones en dos planos: en primer lugar el aviso a la población, basado en mecanismos de predicción y, segundo, la implementación de las medidas mitigadoras. Depende estrechamente del tipo de cronología de la catástrofe, de la que ya se ha hablado.

  • Impacto, que ocurre en el momento en que golpea el desastre. En ese momento los primeros efectos sobre la salud dependen básicamente del tipo de desastre y su sustrato. Es la ocasión en que se puede ver la efectividad de las medidas preventivas adoptadas.

  • Emergencia, en la que se producen tres problemas básicos: el aislamiento, el rescate y la ayuda externa. A menudo es la fase en la que los recursos se ven desbordados en el caso de que se trate de un auténtico desastre y en la que la ayuda externa es más eficiente.

  • Reconstrucción, donde se trata de recuperar la actividad normal de la comunidad. En esta fase se pone de manifiesto la capacidad de rehabilitación del grupo social. En los colectivos con niveles bajos de desarrollo puede hacerse permanente, creando otros tipos de problemas.

En la evaluación epidemiológica es especialmente importante la descripción detallada de la zona de impacto, con referencia a la superficie afectada, las condiciones orográfícas de la zona (y su posible influencia en el desastre), las comunicaciones (analizando el efecto sobre la evacuación preventiva de la zona y el posterior acceso del socorro), la densidad de población y las características del medio.


Debe estudiarse la evitabilidad del desastre, tanto en los aspectos de medidas de acción como de omisión, es decir valorar los tipos de medidas que deberían de haberse puesto en marcha para evitar la catástrofe o mitigar sus efectos, o bien las precauciones que se han omitido. En algunos tipos de desastres existe un tiempo de latencia considerable durante el cual la situación se va agravando, de forma que es previsible el resultado final (es el caso de las sequías prolongadas que conducen a situaciones de hambre). El conocimiento de este periodo es muy necesario para poder valorar, de forma ponderada, el funcionamiento de los sistemas de alerta y prevención.


Las variables implicadas en la producción, desarrollo y efectos de un desastre son valorables mediante una metodología epidemiológica ahora bien conocida30,31 que permite establecer los factores de riesgo y asignarles pesos relativos en el resultado final del desastre. Esta metodología ha conseguido en el momento actual un grado importante de normalización. Se han elaborado también algunos índices para establecer la gravedad de las catástrofes, tal es el caso del índice correspondiente a la Escala de Gravedad de un Desastre (Disaster Severíty Scale) propuesto por De Boer32.


Prevención de los efectos de los desastres sobre la salud pública


Las estrategias preventivas de los efectos de los desastres se basan en considerar detenidamente las acciones a realizar en cada una de las fases del ciclo de cada tipo específico de desastre, así como del contexto en que este se produce. Para ello, puede usarse un enfoque epidemiológico clásico de prevención de tipo primario, secundario y terciario.


La prevención primaria incluye todas aquellas medidas que se adoptan antes de que se presente el desastre y, obviamente, dependen del tipo de desastre a prevenir. Se trata básicamente de acciones realizadas durante las fases silente (fase de interdesastre o preparación) y de alerta (fase de preimpacto o predesastre). En la fase silente las estrategias preventivas prioritarias irán dirigidas hacia el estudio del perfil de riesgos de la zona y la elaboración del correspondiente mapa de vulnerabilidad/riesgo. Ambos deben conducir a la elaboración de un plan de emergencia mayor o desastre que incluya la adopción de medidas preventivas específicas, además de la educación de la población y su entrenamiento mediante los correspondientes simulacros.


En general, un plan de emergencia mayor o desastre debe: a) analizar los riesgos de la zona y prever las situaciones que puedan llegar a presentarse; b) establecer con absoluta claridad quiénes son las personas que deben ocuparse de la coordinación y dirección del plan cuando se presente la emergencia, cuales son los objetivos y la cadena de mando para ejecutar los correspondientes subprogramas, cuales son los límites de esa autoridad y su responsabilidad, cuales son las líneas de comunicación, los recursos disponibles o que se pueden solicitar y su ritmo de incorporación al programa, así como los detalles de su utilización; c) determinar el número y tipo de personal que se necesitará, así como su entrenamiento específico (esto es especialmente importante cuando se trabaja con personal voluntario) y, finalmente; d) prever los medios de transporte a utilizar y estimar la cantidad necesaria en relación al número de personas que pueden verse afectadas.


En la fase de alerta (preimpacto o predesastre) las actividades preventivas deberán incluir la puesta a punto de sistemas de alarma que tendrán que ser previamente probados, así como la monitorización de la situación y la movilización de los recursos previstos.


La educación sanitaria de la población es imprescindible para la autoprotección de los riesgos a los que nos hemos referido. En determinados casos enfatizará los aspectos de evitación de riesgos y en otros instruirá acerca de los comportamientos una vez producida la catástrofe para minimizar o mitigar sus efectos. En este sentido se trata de prevención tanto primaria como secundaria.


La prevención secundaria afecta a las acciones a desarrollar durante la fase de emergencia (impacto o aislamiento) e incluye el uso preferente de recursos humanos y medios técnicos locales, la evaluación rápida de necesidades que permita la notificación al exterior de la ayuda específica requerida. Por otro lado, en esta fase la respuesta de emergencia tenderá a garantizar el funcionamiento de los sistemas vitales (agua potable, energía, comunicaciones, etcétera) y a coordinar la ayuda externa que deberá en todo caso estar pensada para servir de enlace con las actividades del postdesastre. Además, en esta fase, en términos de salud pública, los objetivos sanitarios de la gestión de desastres33 serán: 1) prevenir y/o reducir la mortalidad; 2) atender a las víctimas y prevenir las secuelas; 3) prevenir los efectos indirectos relacionados con la salud; 4) prevenir la morbilidad a corto, medio y largo plazo, y 5) restablecer unos servicios básicos de salud.


La prevención terciaria afecta fundamentalmente a las acciones realizadas durante la fase de recuperación o rehabilitación en la que deberá hacerse una nueva evaluación de necesidades y un análisis del grado de adecuación del programa de rehabilitación a la ocurrencia de nuevos desastres. Las actividades se harán con una priorización de las mismas que tenga en cuenta los aspectos más importantes de la rehabilitación y/o reconstrucción.


Tanto en términos de prevención secundaria como terciaria es importante el grado de avance conseguido en la puesta a punto de medidas que hagan eficiente la ayuda. En este sentido, son especialmente destacables por su importancia dos iniciativas internacionales: a) El Proyecto Esfera (Sphere Proyect), iniciado en 1997 por un grupo de organizaciones de ayuda y que ha desarrollado una carta humanitaria y un conjunto de normas mínimas universales en áreas básicas de la asistencia humanitaria (abastecimiento de agua y saneamiento, nutrición, ayuda alimentaria, refugio, asentamiento y planificación de emplazamientos y servicios de salud) cuyo objetivo es mejorar la calidad de la asistencia que se presta a las personas afectadas por los desastres y aumentar la responsabilidad del sistema humanitario en la intervención en casos de desastres34; y b) ReliefWeb35. Ambas iniciativas son altamente útiles y eran impensables hace algunos años.


Tal y como se ha mencionado, en contra de la opinión generalizada, la mayoría de los desastres son evitables36. Incluso en los que el propio fenómeno no lo es, sí es posible reducir al mínimo sus efectos (mitigarlos) mediante una adecuada prevención y la adopción de medidas adecuadas. La OMS ha resumido en diez puntos lo sustancial de estas medidas37: 1. Evaluación adecuada de los riesgos para la salud; 2. Coordinación sanitaria; 3. Vigilancia epidemiológica y nutricional; 4. Lucha contra las causas evitables de mortalidad y morbilidad; 5. Acceso a servicios básicos preventivos y curativos; 6. Prevención de la malnutrición; 7. Acción sobre los riesgos para la salud del medio ambiente; 8. Protección de los agentes, servicios y estructuras de salud; 9. Protección de los derechos humanos en materia de salud y; 10. Disminución del impacto de las futuras crisis.


Un aspecto de interés a considerar es que en los países en vías de desarrollo los efectos de los desastres sobre la salud se han sobreenfatizado en relación con el resto de problemas de salud habituales en la zona. Este efecto, que podríamos denominar «efecto visibilidad», debe ser cuidadosamente valorado si se quieren hacer evaluaciones epidemiológicas adecuadas.


En general, los aspectos sanitarios de los desastres han sido durante mucho tiempo ignorados por las autoridades sanitarias y el contexto global de la asistencia sanitaria en desastres ha sido visto, a menudo, como un problema exclusivo de la fase de emergencia. En este sentido, la gestión sanitaria de desastres debe cambiar, desde un enfoque de rescate y ayuda a corto plazo a otro que contemple todo el proceso, desde la planificación y preparación hasta la rehabilitación a largo plazo.

Pedro Ignacio Arcos González, Rafael Castro Delgado y Francisco del Busto Prado Unidad de Investigación en Emergencia y Desastres (UIED). Departamento de Medicina. Universidad de Oviedo.


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“De las palabras a la acción” en la gestión del riesgo de desastres y la acción humanitaria

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